Cuando el proceso duele: frustración, comparación y verdad
Serie: Cuando el arte te enfrenta contigo misma
En el tango, nadie te prepara para la frustración. No la de un paso mal hecho, sino esa más profunda y silenciosa: la que aparece cuando te comparas, cuando te sientes observada, cuando crees que no estás a la altura. En el SoCal Tango Festival, esa sensación se hizo más intensa, especialmente en las milongas, donde todo parecía amplificarse.
Sentada junto a Carlos Urrego en un entorno lleno de bailarines con años de trayectoria, la presión se volvía casi invisible pero constante. En las clases podía respirar más fácil, pero en las noches mi cuerpo se tensaba, mi mente se llenaba de ruido y la conexión se rompía. No era falta de capacidad, era exceso de pensamiento.
Hasta que una conversación con Clarisa y Jonathan me devolvió algo esencial: que nadie estaba ahí para juzgar, que era una milonga, y que, al final, todo se reduce a algo mucho más simple y verdadero —bailar por amor. Y desde ahí, algo empezó a cambiar. No de golpe, pero sí lo suficiente para volver al cuerpo, soltar la presión y entender que la frustración no siempre es incapacidad: a veces es solo exceso de mente.
Al final, no se trata de hacerlo perfecto, sino de quedarse, seguir y atravesar el proceso.